Desde hace algunos años los psiquiatras y psicólogos vienen interesándose más por comprender en que consiste la satisfacción de la pareja que por el placer sexual. Es justo sobre este tema que Lori Boul, Ruth Hallam – Jomes y Kevan R Wylie, investigadores del Reino Unido, hacen una distinción, de suma importancia por su significado en el tratamiento de los problemas del deseo sexual. Veamos algunas ideas de estos autores con los correspondientes comentarios de nuestra parte.
El placer sexual se ha dicho tendría una característica hedonista, una búsqueda puntual en base a la experiencia subjetiva sobre la que se tiene poco control. La satisfacción sexual en cambio sería “eudemónica”, porque la condición es que el placer esté vinculado al logro de determinados objetivos, que conducen al bienestar y la felicidad.
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Podemos afirmar que una explicación de la conducta sexual normal y patológica en base a condiciones simplistas como sería la de buscar solo el placer sexual resulta deficiente, porque no alcanza aincorporar el proceso emocional y cognitivo que está detrás de las motivaciones para comprometerse en la actividad sexual.
Si un paciente plantea que se le trate una disfunción sexual pero su deseo es sólo experimentar placer sexual, podría estar debilitando algo más importante: la satisfacción sexual que es de un valor más integral y relacionado con aspectos de largo plazo en la vida de pareja, como la realización, estabilidad y seguridad del vínculo.
¿DONDE ESTÁ EL CEREBRO?
Hace tiempo que se ha identificado una región del cerebro, el “centro del placer”, entendiéndose el placer como una función innata, como el miedo, que se habría desarrollado como una estrategia de supervivencia, dado que sin motivación para tener actividad sexual la especie humana se extinguiría.
En la actividad sexual los estímulos sexuales no provocarían directamente la respuesta. Más bien pondrían en movimiento las funciones o acciones asociadas a la conducta sexual, que refuerzan las sensaciones de lo que sería el placer a experimentar.
De allí que la actividad cognoscitiva cerebral puede incrementar o disminuir el ciclo de respuesta sexual e incluso modular ambos al mismo tiempo y entonces sería demasiado simple postular que hay un patrón fijo de respuesta frente a los estímulos sexuales.
¿RAZÓN O EMOCIÓN?
Se ha propuesto que la buena relación de pareja, el desarrollo de la intimidad, sólo puede lograrse con la disposición de cada uno de sus miembros para potenciar el flujo de afectos entre ambos. En general se acepta que las emociones pueden ser separadas en dos categorías: unas, llamadas básicas y las otras, elevadas. Las básicas serían, placer, malestar, cólera, miedo, sorpresa y disgusto, que se caracterizan por ser sentimientos fugaces. Las elevadas, amor, culpa, venganza, orgullo, envidia y celos, son esencialmente de naturaleza social y requieren a otra persona para su existencia.
La experiencia subjetiva de excitación sexual dependerá finalmente de cómo esta condición física es percibida por el sujeto y su modo de interpretarla, darle un significado sexual y decidir o no a comprometerse con la misma. Nos preguntamos entonces ¿en qué medida el interactuar sexual no depende tanto del placer si no de una valoración de los costos y beneficios de esta actividad?.
PLACER Y FELICIDAD
El placer al que se ha llamado hedonista es la búsqueda del placer por si mismo y/o la evitación del dolor. En el área sexual el placer podría ser la meta del individuo en algún momento de la vida pero, desde luego, que indagación no es la única razón para comprometerse en la actividad sexual.
Ya hemos señalado otras motivaciones para la misma como el controlar y dominar, hacer daño y castigar, enfrentar la soledad o el hastío, oponerse a la autoridad, asegurar nuestra propia sexualidad, sentir que somos adultos, que somos capaces de conquistar sexualmente a alguien, estar convencidos que es nuestro deber, vivir una aventura, etc.
Como cualquier conducta, la sexualidad responde a motivaciones y entonces la teoría del intercambio sexual, podría tener aplicación en la terapia. Esta teoría propone que, así como se usa el dinero para el intercambio de bienes, las personas en relaciones sentimentales, evalúan el costo beneficio que los motiva el máximo de beneficios (poder amar, disfrutar compañía, etc.) con el mínimo de costos (trabajo a realizar, evitación de conflictos, alivio de obligaciones, etc.). El sexo sería un tipo de “moneda” que se usa para obtener ventajas competitivas y obtener un acuerdo equilibrado entre la pareja.
CUANDO NO, EL GÉNERO
Existe la idea de que hay una diferencia en la vivencia del placer sexual entre hombres y mujeres. El varón viviría un placer sexual básicamente físico apoyado en la razón y para la mujer el placer cumpliría un fin reproductivo con fuerte influencia emocional. De tal modo que la mujer no tendría realmente mucha disposición para la experiencia del placer sexual.
Mas bien, buscaría la satisfacción en la relación de pareja, la intimidad emocional más que el placer sexual en sí mismo. Lo que Basson ha llamado recompensas no sexuales, que cree son la motivación primigenia de la mujer para participar en la actividad sexual.
Estos “valores culturales”, si se pueden denominar así, afectarían también al varón que pondría en primer lugar el coito sobre otras formas de expresión erótica. Así es que, a fin de satisfacer sus urgencias sexuales, el varón estaría desarrollando un vínculo no relacional que lleva a experimentar el sexo como experiencia lujuriosa, postergando la intimidad.
UN NUEVO MODELO
Las personas que consultan por falta de placer sexual resultan un verdadero problema en la terapia y por eso los autores presentan un modelo de respuesta buscando esclarecer como opera la conducta sexual en relación al placer y la satisfacción. Este modelo identifica la reacción sexual frente a los estímulos y la respuesta de la persona a los mismos.
Lo primero sería el proceso sensorial que el individuo hace de los estímulos eróticos, por ejemplo, los visuales que se reciben a través del sistema de los sentidos. Luego entra a jugar un proceso cognoscitivo que procesa los estímulos y se desenvuelve de dos maneras: una “automática” y otra, a través de la memoria”. Por la primera, el individuo es inconsciente de lo que ocurre, como cuando ve a la pareja que ha deseado por mucho tiempo; y por la segunda, la memoria, hace una valoración consciente de los estímulos eróticos y se activa cuando estos no son bien conocidos o familiares y debe saber si avanzar sexualmente es posible, deseable, aconsejable, etc. Pero debemos decir que ambos procesos pueden también ocurrir simultáneamente o con diferente grado de participación.
Esto conduce a la meta y si esta es la actividad sexual, entonces la persona podrá experimentar una respuesta fisiológica y /o emocional. La respuesta física es una excitación fisiológica, siendo la principal la congestión de los genitales (erección en el varón). Según parece, en el caso de la mujer tal vez ella no pueda tomar conciencia de esa reacción física como sí lo nota el varón rápidamente.
A su vez, la respuesta emocional se desarrollará si la meta de tener relaciones sexuales coincide o resulta congruente con los estímulos. Si aquella, la respuesta emocional, es positiva, la excitación física será reforzada y la actividad sexual será satisfactoria. Si es negativa inhibirá la excitación y la relación sexual no será satisfactoria o simplemente no se llevará a cabo.
Si existe la capacidad conductal de desenvolverse sexualmente para alcanzar la meta deseada, es decir la actividad sexual satisfactoria, conducta sexual y meta serán una sola cosa y entonces la respuesta emocional será positiva. Pero, si la persona no es capaz de actuar o sea no está en la línea de la meta deseada, la respuesta emocional será negativa (dolor emocional).
Al final, la calidad de la emoción dependerá del grado de compromiso con la pareja, lo que tendrá efecto sobre el proceso cognoscitivo inicial (al que se llamó memoria) y poseerá un rol en los futuros encuentros sexuales.
En conclusión, el resultado sexual dependerá de la importancia del estímulo para desencadenar la motivación y además de la capacidad para actuar sexualmente en relación a la motivación, pero no tanto, ojo con esta idea, de la respuesta física o emocional que desencadena el estímulo erótico.
¿QUÉ PODEMOS ESPERAR?
Por lo dicho un diagnóstico clínico enfocado solamente en la actividad sexual será erróneo sino identifica los factores que están detrás del accionar sexual. La evaluación deberá considerar el placer y la satisfacción e indagar por los incentivos y motivaciones para embarcarse en una actividad sexual. Si la meta es el placer deberá explorarse por esta clase de motivación en cada miembro de la pareja.
Habrá que explicar las metas, las ganancias personales a alcanzar en forma de autoestima, imagen de sí mismo, sensación de competencia, etc. y de la pareja, en cuanto estabilidad, seguridad, bienestar emocional, etc. a conseguir. Se puede pedir a quienes consultan hacer una lista de costos y beneficios a tener o no, a partir de las relaciones sexuales, para simismo y para la pareja.
Conviene determinar ¿cúales son los motivos que traen a la pareja a la terapia? Muchas veces se hace difícil identificar que motivaciones provienen de la persona y cuales son impuestas por la sociedad.
Si la meta de uno de los miembros de la pareja es que se le prodigue más atención, su evitación de las relaciones sexuales puede ser una táctica que la persona pone en práctica para obtener lo quiere. Entonces si la terapia se dirige sólo a restablecer la relación sexual se le quitará al paciente lo único que tiene y está usando como una estrategia para obtener la atención de su pareja.
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