Para la sexología la importancia de tener en cuenta los mencionados estándares se habría tornado un tema de urgencia a partir de la fase inicial de la epidemia del VIH / SIDA de los años 80 para conocer, por ejemplo, la prevalencia real de la homosexualidad (denominada, agregamos no sin controversia, como “hombres que tienen sexo con hombres”).
La verdadera prevalencia de este desorden no se conocía y se tuvo que acudir por costumbre a los estudios de Kinsey y colaboradores de 1948 que estaban ya muy atrasados y fueron completamente equivocados. El punto fundamental consiste en que la muestra de Kinsey no era representativa, hecho que sorprendentemente no fue considerado por muchos años por quienes investigaban en el campo de la sexualidad.
El estudio de Laumann y cols. de 1994 lo dijo muy claramente: Kinsey estaba convencido de que no se podía realizar entrevistas sobre asuntos sexuales historiando a personas seleccionadas al azar, y que las técnicas que usaría para incrementar la variabilidad de los entrevistados compensarían la elección de su muestra. El resultado fue que sus hallazgos no pudieron ser generalizados a la población como un todo.
Sin embargo, el problema de las encuestas de población no ha sido resuelto aún. Una preocupación es la tasa de quienes responden la encuesta y quienes no lo hacen, teniendo en cuenta las diferencias entre ambos grupos.
Otro dilema tiene que ver con la forma de medir los resultados, porque se acostumbra preguntar muchos asuntos en desmedro de la evaluación detallada. Es el caso de un último estudio sobre la “prevalencia” de la dispareunia que se limitó a una sola pregunta: “¿En los pasados seis meses usted ha experimentado dolor en el abdomen o en la vagina durante las relaciones sexuales?”. Los resultados a partir de esta pregunta dejan de lado la frecuencia y la experiencia del malestar y no condicen con la definición de dispareunia de la DSM. El autor recuerda que Freud llamó la atención sobre las posibilidades del psicoanálisis “salvaje”, por lo que haciendo un paralelo recomienda evitar una epidemiología con ese carácter.
Concluye diciendo que habría algunas razones que permiten suponer el interés por encontrar altas frecuencias de desórdenes sexuales: el auspicio a la investigación es más fácil cuando el problema bajo estudio está muy extendido y llama, además, la atención de las compañías farmacéuticas.
Acude finalmente a la ironía anotando un posible sueño de los terapistas, que desearían celebrar el “Día Nacional de la Disfunción Sexual”, en el que se brindaría servicios de información (pagados por supuesto) en las grandes tiendas de almacenes a las que acuden personas acomodadas. |