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Violencia, esposos y enamorados PDF Imprimir E-mail
Resulta interesante el artículo en que Edwina Taborsky y Reena Sommer caracterizan lo que llaman la sociología ficticia, como opuesta a la rigurosa, para lo que toman a efectos de demostración las investigaciones alrededor del maltrato de la mujer (1).
Las autoras,canadienses, antropólogas, con amplias carreras universitarias, cuestionan, en estas investigaciones, lo que llaman la”investigación en apoyo a una idea” (“advocacy research”), como modelo de una metodología inapropiada y cuyas conclusiones terminan siendo no confiables.
En esta nota extractamos sólo algunas ideas que figuran en el artículo arriba mencionado.

VIOLENCIA FAMILIAR Y DE LOS ENAMORADOOS
Señalan que la investigación sobre la violencia familiar hasta antes de la década de los años 70 había mostrado que la que ocurría entre la pareja no podía ser diferenciada por el sexo del agresor. Es decir las tasas de abuso se distribuían por igual entre varones y mujeres.

Sin embargo, de pronto, este tipo de violencia se tornó sinónimo de “mujer maltratada”, lo que condujo a que el foco de la investigación pasara a ser casi exclusivamente el del abuso de la esposa por su cónyuge.

Esto habría ocasionado que las investigaciones al respecto hicieran una previa selección de la muestra en estudio y también que la finalidad del mismo estuviera predeterminada. Así entraron en conflicto con dos principios de la metodología de la investigación, que no acepta la preconcepción de los resultados y la exclusión, en estos casos, la de la violencia de la mujer hacia el hombre, en el proceso de recolección de datos.
Taborski y Sommer se preguntan ¿cómo es que esto ocurrió? Creen que un factor habría sido la mayor visibilidad de la mujer como objeto de la violencia. Otro, la creación de servicios de acogida y consejo a la mujer maltratada, que permitió una fuente de fácil acceso de datos por el investigador.

Al no haber servicios semejantes para el esposo, posible víctima de su mujer, el problema del “marido maltratado”, fue considerado inexistente.

Otro factor más sería, el modelo conceptual dentro del cual la realidad es comúnmente definida en nuestra sociedad. Se trata de las metáforas desarrolladas históricamente que han definido al hombre y a la mujer: al primero como fuerte y agresivo, y, a la segunda, como débil y sumisa. Metáforas que son definiciones sociales pero no realidades científicas y que dieron lugar a que la agresión de la mujer hacia el varón tuviera remota posibilidad de ser aceptada.

Las mismas consideraciones son aplicables a la violencia entre enamorados, que en las encuestas muestran tasas de agresión semejantes para varones y mujeres, y algunas veces aún mayores entre estas últimas.

Estos hallazgos sobre la prevalencia de las conductas agresivas entre varones y mujeres, ponen en duda la explicación que acude al concepto de sociedad patriarcal, según el cual la mujer es maltratada, a raíz del disbalance de poder social y económico entre los sexos.

CONSECUENCIAS
La sociología ficticia habría promovido que ciertos tópicos de la investigación social sean afectados en su rigor metodológico, exigencia que es propia de la investigación social clásica. No se evaluaría la realidad en la medida de ”lo que es”, sino de “lo que debe ser” o de “lo que no debe ser”. De este modo se estaría entonces, dicen Taborsky y Sommer, escribiendo un texto pero no explorando la realidad social.
Las autoras describen extensamente las premisas principales de la sociología ficticia, en su naturaleza y derivaciones, con un lenguaje bastante técnico.
Concluyen que se trata de un discurso que establece una articulación de varias creencias, de tipo fundamentalista, que son expresadas como un monólogo, un diálogo consigo mismo

Creencias que se difunden a través de un conjunto de agentes, “autores”, que son articuladores, pero no analistas, de las metáforas sociales del grupo que difunde las creencias. Peor aún, a semejanza de los escribas medievales, los agentes que multiplican las creencias,“autores”, tampoco pueden ser criticados.

(1) Sexuality and Culture, 1999, 117-144

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