Ansiedad en Niños PDF Imprimir E-mail
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La ansiedad es compañera inseparable del hombre a través de todas sus edades.Contrariamente a lo que se pensaba hasta no hace mucho, la niñez no es una excepción y dista bastante de ser ese estado idílico, ajeno a todo problema y sin conflictos, que todos quisiéramos para los niños nuestros. Lo real es que niños y adolescentes tienen muchas tareas evolutivas a resolver y en no pocas ocasiones están sujetos a situaciones que les generan ansiedad en grado variable.

A diferencia del miedo que es la aprensión y temor hacia algo concreto,la ansiedad es el estado de temor vago, general, difuso, cuyas causas escapan a la conciencia de quien lo experimenta. Este temor indeterminado, de origen desconocido, constituye la base de los frecuentes estados de ansiedad en la infancia, pubertad y adolescencia. En la conducta exterior se revela en temores de todo tipo ( a enfermedades, a la oscuridad, a la soledad, a determinados animales, a fantasmas, a monstruos, etc.) que se diferencian del miedo a peligros reales porque no ceden al razonamiento ante la evidencia de la falta de peligro, caracterizándose precisamente por su carácter irracional. La ansiedad puede determinar también transtornos de apariencia orgánica – que serán motivo de consulta pediátrica – tales como enuresis, vómitos, inapetencia, dolores y transtornos intestinales, respiratorios o de circulación.

La ansiedad se manifiesta en forma aguda o crónica y puede ser difusa o estar referida hacia alguna situación en particular configurando una fobia. La ansiedad aguda, que se traduce en lo que llamamos “ansiedad crítica”, “ataques de ansiedad” o “crisis de angustia”, puede ser diurna o nocturna.

Las formas clínicas más frecuentes de ansiedad crónica en la niñez y adolescencia están representadas por los transtornos de conducta y las fobias y generalmente son derivadas a consulta psiquiátrica después de pasar por todos los intentos correctivos familiares que, al aumentar la angustia que los motiva, no hacen más que agravar los síntomas.

Los niños que padecen ansiedad crítica suelen tener mejor suerte en lo que a tratamiento rápido refiere. Estas crisis, de iniciación brusca, con ataques agudos de llanto, gritos, temblor, ahogos, taquicardia, crisis de ápnea, pérdida de control del esfínter vesical, que pueden desembocar en cianosis y pérdida de la conciencia, son suficientemente llamativas para motivar atención inmediata del núcleo familiar y la referencia al especialista.

Después de estas crisis los niños quedan cansados, tristes, agotados. Si el estado de ansiedad se prolonga o no es atendido, la conducta cambia. El niño se nota triste, pierde el apetito, desarrolla hipersensibilidad, llora por cualquier motivo, teme separarse de la madre, puede negarse de pronto a concurrir al colegio, presentar enuresis, cefalea y dolores difusos.

Estos transtornos psicosomáticos no configuran un cuadro. Son sintomáticos de la ansiedad y desaparecen con ésta.

A veces existen acontecimientos externos con los cuales los padres relacionan la iniciación de las crisis y del estado de ansiedad. El acontecimiento puede haber sido realmente traumatizante. Pero aún en tales casos se descubre casi siempre que la situación tuvo para el niño algún significado especial o que hay conflictos anteriores no resueltos.

Otras veces, en cambio, no se logra establecer ninguna relación aparente entre la iniciación de las crisis y la vida del niño o la motivación escapa al conocimiento de los padres. A propósito, es bueno recordar que una situación puede ser de suyo traumatizante y fácilmente comprensible para los adultos. Pero, hay ocasiones en las cuales el niño reviste una situación aparentemente banal, de características que la convierten en ansiogénica para él y su circunstancia.

En todos los casos hay que tener presente las peculiaridades de la edad del paciente. En la pubertad por ejemplo, es común un incremento de la ansiedad por causa de las situaciones nuevas que el niño debe enfrentar. Por una parte aparecen pulsiones y preocupaciones sexuales; por otra, el proceso de independización pone al niño en conflicto con sus padres. Por estas razones, en la pubertad y adolescencia los estados de ansiedad pueden llegar a manifestaciones llamativas y dramáticas.

Sabemos hoy que la ansiedad puede presentarse en edad muy temprana a punto tal que la mayoría de pediatras conocen cómo la ansiedad oculta de la madre se trasmite a los niños pequeños, sea a través de cuidados y aprensiones excesivos o bien en forma de un estado de tensión general y permanente.

A medida que el niño avanza en edad es bueno tener en cuenta que los motivos de la ansiedad cambian. Podríamos hablar aquí de una suerte de ansiogénesis evolutiva. Los factores causales de ansiedad de un escolar difieren de los que la originarán en un lactante o en un adolescente.

En cuanto al pronóstico, si la ansiedad persiste, aunque haya asumido formas leves, dependerá de la ayuda que reciba el paciente para resolver sus conflictos. No es recomendable forzar al niño a enfrentar la situación o esperar que la supere confiando en los cambios inherentes al desarrollo evolutivo. Lo real es que disminuirá sus actividades sin solucionar sus problemas, será colocado en una situación de dependencia superior a la de sus pares y ésto influirá en su autoestima y desarrollo posterior.

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